viernes, 13 de diciembre de 2013

El nacimiento de la mayoría

La Iglesia católica, desde sus inicios, ató la determinación de sus asuntos terrenales a las decisiones aprobadas en asambleas nacidas de las comunidades de creyentes

Desde Caracas.- Cuatro siglos antes de que el pensador ginebrino Jean Jacques Rousseau postulase el famoso principio político según el cual la soberanía radica en el pueblo, un pensador medieval de nombre Marsilio de Padua cuestionó la legitimidad de las leyes hechas por un solo hombre y expresó su convicción sobre el derecho que tienen todos los ciudadanos al autogobierno.

“La autoridad para hacer las leyes pertenece al conjunto de los ciudadanos o a la mayor parte de ellos, dado que todos los ciudadanos deben ser tratados por la ley de acuerdo con la debida proporción, y nadie se daña a sí mismo a sabiendas o desea para sí la injusticia, todos o la mayoría desean una ley que lleve al beneficio común de los ciudadanos”, escribió Marsilio de Padua en “El defensor de la paz”, libro del año 1342. 

Sin embargo, para mediados del siglo XIV el concepto de “mayoría”, fenómeno novedoso desde el punto de vista sociológico, únicamente funcionaba entre las murallas de los monasterios.

La Iglesia católica, desde sus inicios, ató la determinación de sus asuntos terrenales a las decisiones aprobadas en asambleas nacidas de las comunidades de creyentes.

La religión cristiana inscribió sus primeras decisiones en la antigua tradición de la participación popular como medio de obtención del sagrado bien de la unanimidad. 

Pierre Rosanvallon, investigador de la legitimidad como categoría política fundamental, destaca, en este sentido, el papel estelar jugado por el mundo eclesiástico en la creación y valoración de un vocabulario relacionado con las virtudes ciudadanas de la participación y la deliberación. 

El catedrático francés recuerda que fue un hombre de iglesia (Cipriano, obispo de Cartago en el siglo III) quien acuñó la expresión “sufragio universal”, así como también fueron hombres de iglesia los cristianos primitivos que masificaron el uso de la voz latina unanimitas, como una manera de manifestar la aspiración compartida de ver consolidada en la tierra una verdadera comunión entre los fieles.

Ya para el año 1211 las constituciones de las órdenes dominicas habían adoptado, en su totalidad, el principio de la mayoría como regla de decisión. 

Cuando el politólogo italiano Giovanni Sartori evalúa la importancia histórica de la experiencia del voto en las órdenes religiosas medievales llega a la siguiente conclusión: reglas mayoritarias, sí; pero derecho de la mayoría, no. 

Habrá que esperar los desarrollos teóricos de pensadores como John Locke o Jean-Jacques Rousseau, en el siglo XVIII, para que la noción de unanimidad sea reemplazada por la regla de la mayoría como principio político de legitimación.

Aunque conviene precisar que tanto Locke como Rousseau dejaron por escrito sus dudas sobre la posibilidad de que una sociedad políticamente organizada pudiera sustentarse en la confrontación positiva de una minoría y una mayoría. 

El advenimiento del derecho del sufragio universal obligó a los filósofos democráticos a desarrollar una argumentación de filigrana para imantar del antiguo prestigio de la noción totalitaria de la unanimidad al principio jurídico de la voluntad mayoritaria.

No hay comentarios:

Publicar un comentario