Lo primero es lo primero: este proceso electoral se convirtió en la apoteosis del ventajismo para avasallar, discriminar y tratar de condicionar resultados. Es decir, agravó la realidad impuesta en el laberinto revocatorio del 2003-2004 –continuada y reforzada desde entonces—que hace que las elecciones y referendos venezolanos no se realicen en un contexto de equilibrio democrático sino de control hegemónico. Y este tema no puede relegarse a un plano secundario, ni subestimarse por el hecho de que se obtengan triunfos específicos.
Dicho esto, salta a la vista la abstención del 40%. De cada 10 electores, 4 no salieron a votar. Cierto que eran elecciones municipales que, por lo general, cuentan con menores niveles de participación. Pero también lo es que voceros calificados de la plataforma opositora intentaron nacionalizar los comicios con la tesis del plebiscito, y sus contrapartes oficialistas se esforzaron en uniformarlas alrededor de la marca nacional de Chávez.
Maduro pasa la prueba de las municipales, en lo que a él más le importa: en su conflicto interno con Cabello. Mantiene una votación que ayudó a insuflar con el “efecto plasma” y las expectativas sobre una calamidad electoral del Psuv no se cumplieron. Además, las resultas en Maturín debilitan a Cabello, o sea que favorecen a Maduro. Y las de Barinas debilitan a Adán Chávez, lo que no necesariamente es cosa mala para el “madurismo”. En todo caso, las estadísticas electorales le dan municiones a la propaganda gubernativa. En especial, cuando ésta es un tributo al acomodamiento interesado de la realidad.
Ahora bien, la terca realidad trae noticias muy preocupantes para Maduro en la perspectiva nacional. Su parcialidad perdió en casi todas las principales ciudades del país, incluyendo las cuatro más pobladas: Gran Caracas, Maracaibo, Valencia y Barquisimeto. Y perdió en el feudo barinés y en el día de la lealtad… Es obvio que los números del oficialismo se hacen cada vez más dependientes del férreo control sobre el proceso electoral. No obstante, el quid de la hegemonía es hacerse independiente de la variable electoral.
La unidad opositora también se encuentra con una situación agri-dulce. Lo segundo por las contundentes victorias urbanas, lo primero porque el porcentaje nacional desmejora. La percepción generada en el arranque de la campaña sobre un triunfo indiscutible se fue matizando a lo largo de su desarrollo. El oficialismo hizo y deshizo a su antojo, como siempre; y la oposición política fue descentrando el discurso general. Pero vistas las cosas en el contexto en que hay que verlas, o sea en el contexto de control hegemónico, los resultados de la Mud son muy importantes.
Otra cosa es que se tenga la capacidad de contrapesar, efectivamente hablando, el poder de la hegemonía imperante. Y acá se ubica el meollo de la cuestión. Porque reconocer resultados adversos –como se ufanan algunos voceros oficiales—para luego seguir haciendo lo que les da la gana, como si esos resultados no existieran, es despreciar la voluntad popular. Verbigracia, los ministerios y “protectorados” para los perdedores.
A nivel nacional, los resultados del 8-D, por sí mismos, no cambian mucho las cosas o el estatus previo. Y eso es malo. Pero los alcaldes democráticos de tantas y principales ciudades pueden conformar una fuerza de lucha y activismo que impulse cambios de fondo. Y eso tiene que ser bueno. ¿Podrán? ¿Querrán? Esperemos que sí…
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