El jueves de la semana pasada, en Cali, Colombia, nació oficialmente la llamada Alianza del Pacífico. Es un esfuerzo comercial conjunto, liderado por Colombia, Chile, México y Perú, países que se proponen integrar profundamente a sus respectivas economías y conformar -entre todos ellos- una plataforma para obtener en el corto plazo facilidades de ingreso a los mercados asiáticos que hoy son el gran dínamo del comercio mundial. De este modo, se implementó lo decidido por ellos mismos el 6 de junio de 2012, cuando suscribieran un "acuerdo marco".
Hablamos de un nuevo bloque comercial, con unos 209 millones de habitantes (lo que equivale a la población de Brasil), que hoy genera el 35% del PBI total de América latina, que representa la mitad del comercio agregado de la región, que contiene a cuatro economías latinoamericanas que, sumadas, conforman la octava economía del mundo. Me refiero a aquellas que, además, son las más dinámicas del hemisferio, a las que más atraen a la inversión extranjera (el 26% de los flujos totales), a las más libres, abiertas y competitivas, a las que más pobreza están destruyendo, a las que se modernizan más rápidamente y a las que contienen (orgullosas) cuatro democracias reales, que respetan acabadamente las libertades civiles y políticas esenciales de sus ciudadanos y que no están siendo ni deformadas, ni manipuladas por la ola de neopopulismo. Las economías de los cuatro países de la Alianza del Pacífico son, por lo demás, fuertemente complementarias entre sí.
El compromiso supone contar con reglas estables y trasparentes, para todos por igual, en lo que apunta a ser un gran espacio de libre comercio
La estrategia comercial acordada por los miembros de la Alianza del Pacífico supone avanzar -seria y decididamente- en dirección a la postergada libre circulación de personas, bienes, capitales y servicios en su interior y actuar conjuntamente respecto del resto del mundo. Esto complementa el compromiso común de abrirse al mundo, sin barreras y sin salvaguardas que no sean las naturales en caso de emergencias.
El 30 de junio próximo la mitad de los bienes que esos cuatro países comercializan entre sí quedarán libres de aranceles. Ese mismo día se sabrá asimismo cuál será el calendario para liberar el intercambio recíproco de otro 40% de esos bienes. La meta final es la de liberar el 100%. Además, se ha puesto en marcha una política de cooperación económica cercana y se ha lanzado una importante flexibilización migratoria conjunta. El compromiso supone contar con reglas estables y trasparentes, para todos por igual, en lo que apunta a ser un gran espacio de libre comercio.
La Alianza del Pacífico tendrá asimismo un parlamento conjunto, para seguir de cerca las políticas que se adopten y la estrategia común adoptada. Habrá también un Consejo Empresario, que hará recomendaciones y sugerencias para sostener y profundizar la marcha económica conjunta.
Costa Rica acaba de sumarse al grupo. La exitosa Panamá presumiblemente lo hará en el corto plazo. España, Japón, Australia y Nueva Zelanda son ya observadores en busca de mayor proximidad. Guatemala y Uruguay son también observadores que coquetean abiertamente con la posibilidad de ingresar al grupo. Por esto el vicepresidente oriental, Danilo Astori, que participara en la reciente cumbre de Cali dijo querer convertir a su país en miembro pleno de la Alianza "apenas ello sea posible". Pero tiene un "cepo" duro que superar, el del Mercosur, que no permite negociaciones comerciales con terceros bloques que no sean conjuntas. También Portugal, Paraguay, Honduras, El Salvador y Francia han solicitado poder ser aceptados como observadores, en lo que luce como el comienzo de una "cola" que previsiblemente podría ampliarse.
De alguna manera -aunque ciertamente con otro marco, más reducido por ahora- se trata de una resurrección de las ideas de libertad comercial del ALCA, que en su momento fueran propuestas por los Estados Unidos en un intento fallido que Hugo Chávez y Néstor Kirchner (con la ayuda del siempre disponible Diego Maradona) sepultaran en oportunidad de la Cumbre de las Américas, celebrada en Mar del Plata, el 5 de noviembre de 2005.
Ha nacido una suerte de contrapeso ideológico para el empantanado, proteccionista y cada vez más politizado Mercosur
Para José Manuel Santos, el presidente de Colombia, "o nos abrimos o nos estancamos". Lo que sucede hoy en el resto de la región parecería confirmar ese dicho. Para Enrique Peña Nieto, el presidente de México, el esfuerzo ahora en marcha conjuga a las cuatro economías que "han tenido el mayor crecimiento-promedio de la región y del mundo entero"; aquellas que están rescatando a millones de personas de la pobreza y de la desigualdad.
Ha nacido una suerte de contrapeso ideológico para el empantanado, proteccionista y cada vez más politizado Mercosur. Más aún, ha nacido, en el litoral del Pacífico, una nueva esperanza que ha decidido no transitar más los mismos caminos -estatistas, obsoletos y encerrados en sí mismos- que han fracasado una y otra vez, en la región y en el mundo.
La Alianza del Pacífico tiene líderes con el coraje para avanzar. De aquellos que no le escapan al riesgo. Que están abiertos a los desafíos. Que demuestran a cada paso confianza en sus propias fuerzas. Que apuntan, esencialmente, a maximizar su relación con Asia. Y que, por sobre todas las cosas, no procuran achicar, sino expandir, el diálogo y las relaciones comerciales de sus países con el resto del mundo. Todo lo contrario a la vocación por desconectarse que hoy exhiben otros en la región.
La Alianza del Pacífico es una alternativa que para algunos luce refrescante y, para otros, anatema. Pero ha comenzado ya a ser transitada. Una opción ciertamente distinta, que en cada a uno de sus cuatro países-motores -considerados individualmente- ha probado ser exitosa. Ocurre que no se crece encerrándose en uno mismo, según enseña la historia. Para América latina, la Alianza del Pacífico es un nuevo intento en dirección al libre comercio. Desde los días de la Alalc, allá por 1960, más de medio siglo atrás entonces, ninguno ha tenido éxito. Hasta ahora. Una nueva oportunidad, en un mundo distinto en el que el proteccionismo ya no paraliza al mundo en desarrollo.
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